«Ábrela otra vez, yo ya puedo sola»
Hace cinco meses colgué el letrero de CERRADO en mi estética y me fui a cuidar a mi mamá, que ya no podía levantarse sola del catre. El lunes pasado ella me puso las llaves en la mano y me dijo: «Ábrela otra vez, yo ya puedo sola».
Me llamo Norma. Tengo 41 años y soy estilista. Mi estética se llama Rosario, como mi mamá, porque con lo que ella ganó lavando y planchando ajeno pagó mi curso de belleza en Zacatecas.
Mi mamá lavó cuarenta años. Cuarenta. Desde los veintitantos, con las manos metidas en agua fría, la espalda doblada sobre el lavadero del patio, cargando tinas para tender en la azotea. Sacó adelante a cuatro hijos así. Mi papá se murió cuando yo tenía nueve y ella nunca volvió a casarse; decía que no tenía tiempo para eso.
Los otros tres se fueron: dos a Estados Unidos, una a Monterrey. Yo me quedé en Fresnillo, a tres cuadras de su casa. No por sacrificada. Porque quise.
En febrero mi mamá salió a tender y no volvió a entrar.

El día que la encontré en el patio
La tina volteada, la ropa en el suelo, y ella sentada contra la pared del lavadero. No se había resbalado. Me lo dijo así, con esa voz de no querer molestar: «se me doblaron, mija, nomás se me doblaron».
La levanté. Sesenta y ocho kilos de mujer que toda mi vida vi cargar más que yo. Y en la sala, ya sentada, se tapó la cara con el delantal. Nunca en mi vida la había visto llorar. No de dolor. De vergüenza.
Las rodillas le dolían desde hacía años. Ella siempre lo bajaba de importancia: «es el clima», «es que me enfrié en el agua», «se me pasa con una pomada». En el Seguro le sacaron placas. El doctor no le dio vueltas:
— Señora, el desgaste está muy avanzado en las dos rodillas. Lo que corresponde aquí es valoración para prótesis.
Pregunté por los tiempos. En el Seguro, lista de espera para valoración: más de un año. Por particular, ciento ochenta mil pesos por rodilla. Trescientos sesenta mil por las dos.
La pensión de mi mamá: 4,200 pesos al mes. Mi estética en buena semana: ocho mil, y de ahí sale la renta del local. Trescientos sesenta mil pesos no los teníamos ni los íbamos a tener. Nos formamos en la lista del Seguro y a esperar.
Quiero decir esto claro, porque luego se malentiende: nunca dejamos el tratamiento del doctor. Seguimos en la lista, seguimos con sus consultas y con lo que él indicó. Lo que voy a contar es lo que hicimos mientras esperábamos, que es donde se nos estaba yendo la vida a las dos.
Colgué el letrero de CERRADO
No podía dejarla sola. Se levantaba en la noche al baño y yo pensaba en ella tirada en el piso hasta la mañana. Al principio cerraba medio día. Luego dos días a la semana. Luego una clienta de quince años se fue con otra estilista porque nunca me encontraba.
En marzo colgué el letrero, entregué la llave del local a la dueña y le dije que me esperara unos meses. Me miró con lástima. Odio que me miren con lástima.
Cuatro meses sin dormir de corrido
Me levantaba a las seis. La sentaba en la orilla del catre, le pasaba los pies al piso, la llevaba al baño con ella agarrada de mis hombros y yo cargando casi todo. La bañaba. Le daba de desayunar. Le vendaba las piernas: las tenía hinchadas, con manchas oscuras de la rodilla al tobillo. En la tarde, otra vez. En la madrugada se quejaba dormida, yo me paraba, la acomodaba, me quedaba sentada a un lado en la oscuridad.
La mujer que me bañó a mí se había vuelto la niña que yo bañaba. Y esa niña lloraba de vergüenza cada vez que yo la limpiaba.
— Norma, llévame a una casa de asistencia. Hay una en Guadalupe.
— Ay, mamá, ya.
— Es en serio, mija. Cerraste tu negocio. Yo no te di el curso para que acabaras cambiándome sábanas.
— Tú tampoco me diste a nadie cuando se murió mi papá. Ya, mamá. Duérmete.
Ella se volteaba a la pared. Yo salía al patio, a ese mismo lavadero, y ahí lloraba para que no me oyera.
Así se fueron cuatro meses. Bajé nueve kilos. Dejé de contestarle a mis hermanos porque me preguntaban «¿cómo sigue?» desde Houston y a mí me daba un coraje que no sabía dónde poner. Y lo más feo: empecé a enojarme con ella. Por dentro, sin decirlo. Con la mujer que me dio todo. Y luego una vergüenza que no se la conté a nadie hasta hoy.
Una clienta que volvió por su tinte
En julio me buscó Sofía, clienta mía de años. Se enteró de que ya no trabajaba y me pidió que le hiciera el tinte en su casa, más por ayudarme que por otra cosa. Sofía es fisioterapeuta y trabaja en una casa de retiro en Guadalupe, aquí cerquita.
Mientras le ponía el tinte le conté todo. Lo del Seguro, lo de los trescientos sesenta mil, lo del catre. Ella me dejó terminar y luego me dijo algo que yo no esperaba:
— Norma, en la casa de retiro donde trabajo casi todas las señoras usan un gel en las rodillas, mañana y noche. No es milagro y no las va a operar nadie con eso. Pero yo las veo: se paran más rápido en la mañana, se quejan menos en la noche.
— ¿Y eso qué es? ¿Una pomada de farmacia?
— Es de planta. Lleva callisia, la que le dicen planta de cristal, la que tu abuela seguro tenía en un frasco en el patio. Nomás que bien hecha, no machacada en la cocina. Con jengibre y menta. Se llama Sinoflex.
Me acordé del frasco. Mi abuela sí tenía esa planta. Yo de niña le ayudaba a cortarle las hojas.
— ¿Y por qué no me lo habías dicho?
— Porque hasta hoy me contaste, Norma. Tú a todos les dices que todo bien.
Esa noche lo pedí en el sitio. Me tardé como tres minutos: escoges el paquete, pones tu dirección y ya. No pagas nada por internet — pagas en efectivo cuando el repartidor te lo deja en la puerta. Eso fue lo que me decidió, la verdad, porque yo ya no tenía para arriesgar.

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«Es una pomada, mamá. Déjame.»
No le expliqué de dónde había salido. Le dije: es una pomada, déjame ponértela.
— Ya ni gastes, mija. A mí ya nada.
— Mamá. Acuéstate y déjame. Por una vez.
Se la untaba en las dos rodillas en la mañana y en la noche, y le daba masaje hasta que se absorbía. Un minuto, no más. Huele a mentol y a hierba, y enfría tantito al principio y después calienta. Ella refunfuñaba, pero se dejaba.
Tres días: nada. Y yo ya ni esperaba, para qué le digo que sí. Uno se acostumbra a no esperar, y eso es lo peor de todo esto.
La quinta noche no me habló. Me desperté a las tres como con un empujón, corrí a su cuarto pensando lo peor. Estaba dormida. Nada más dormida. Sin quejarse.
Al octavo día, en el desayuno, me dijo:
— Norma. En las mañanas ya no las siento tan tiesas. ¿Me entiendes? Ya me puedo enderezar sin contar hasta tres.
Yo tenía la cuchara en la mano y no le pude contestar.
Del catre a la puerta, y de la puerta a la iglesia
A las dos semanas se sentó sola en la orilla del catre y bajó los pies. Sin mí. A las tres semanas llegó al baño agarrándose de la pared y desde allá me gritó, orgullosa como chamaca: «¡Norma! ¡Yo solita!».
Al mes salimos juntas al patio. Con bastón, pero caminando. Llegó hasta el lavadero, ese mismo, se quedó parada mirándolo y me dijo: «aquí me levantaste, ¿te acuerdas?». Sí me acordaba.
A los dos meses mi mamá se fue caminando sola a la misa de siete. Yo la seguí a media cuadra, escondida, como si fuera yo la mamá. No se cayó. Ni volteó.
Doña Rosario, 73 añosLa hinchazón le bajó. Las manchas oscuras se le fueron aclarando. Volvió a su máquina de coser, que tenía tres años tapada con una sábana, y ahora le arregla los vestidos a media cuadra.
Y yo también me lo empecé a poner. La espalda baja se me deshizo en esos cuatro meses de andarla cargando. A los cuarenta y uno me levantaba en las mañanas como viejita. A las tres semanas ya ni me acordaba de que tenía espalda.
Las llaves
El lunes pasado mi mamá me despertó temprano. Ahí parada junto a la cama, ya vestida, peinada, con el suéter bueno.
— Levántate. Arréglate.
— ¿A dónde, mamá?
— Al local. Ayer hablé con la dueña. De mi teléfono, yo solita marqué. Dice que te lo tiene todavía. Ábrela otra vez, mija. Yo ya puedo sola.
Yo empecé a decir que no, que y si se cae, que y si en la noche —
— Norma. —Me puso la mano en el hombro, igual que cuando me llevaba a la primaria—. Yo no lavé ajeno cuarenta años para que tú acabaras encerrada. Tú te quedaste cuando yo no me podía levantar. Ya me levanté. Ahora me toca a mí soltarte.
Me puso las llaves en la mano. Ella misma me acompañó al local, caminando, con su bastón más por costumbre que por otra cosa. Se sentó en la silla de las clientas mientras yo barría cinco meses de polvo, y desde ahí me dirigía: «esa esquina, mija, esa esquina».
El sábado le hice el tinte a Sofía. En mi estética. Con mi mamá sentada junto a la ventana, cosiéndole el dobladillo a un vestido ajeno. A sus setenta y tres.
Ahora va para ti
Escribo esto sobre todo para ti, que estás cuidando a alguien. Que levantas del piso a tu mamá, a tu papá, a tu esposo. Que ya olvidaste lo que es dormir de corrido. Que quieres a esa persona con toda tu alma y al mismo tiempo estás hasta el tope, y te da vergüenza ese cansancio.
Yo sé cómo se siente. Sé de ese coraje que no le puedes contar a nadie, del «¿cuándo se va a acabar esto?» y de la culpa que viene atrás. No eres mala hija. Eres una persona que ya no puede más.
No esperes a reventarte del todo. No dejes que tu vida —tu trabajo, tu negocio, tu salud— se te vacíe entera en la espera. Sigue con tu doctor, no lo dejes, nadie te está diciendo eso. Pero mientras esperas, hay algo que sí puedes hacer hoy en tu casa y que a nosotras nos cambió los meses.
El gel se llama Sinoflex. Es de planta: callisia, jengibre, menta, árbol de té, eucalipto. Se unta en la rodilla, en la espalda, en las manos o en el hombro, dos o tres veces al día. No es medicamento y no opera a nadie. Pero mi mamá se levanta sola, y hace medio año yo la cargaba al baño.

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Casi la llevo a la casa de asistencia de Guadalupe. Ya hasta tenía apuntada la dirección en un papelito, en el monedero. Todavía lo tengo, no sé para qué.
Qué bueno que Sofía volvió por su tinte. Qué bueno que no le hice caso a la gente que ya decía «pobre doña Rosario, ya para qué».
Todavía estás a tiempo. No lo dejes pasar.
Comentarios
387 · Más recientesNorma, lloré leyéndote. Yo cuido a mi mamá desde hace dos años y nadie entiende ese cansancio del que hablas. Lo de la vergüenza me pegó durísimo. Ya lo pedí.
Mi suegra lleva tres semanas con el gel en las rodillas. Ayer se subió sola a la camioneta, cosa que no hacía desde el año pasado. Nomás falta que quiera manejar.
Que sea constante, don José Luis. Mañana y noche sin saltarse días. A mi mamá le empezó a servir como a la semana, pero lo bueno vino al mes. Y no dejen las consultas.
A mí el traumatólogo también me habló de prótesis. Tengo 66 y ese dinero no lo veo ni en sueños. Estoy en la lista del Seguro igual que ustedes. Voy a probar mientras.
La neta al principio no sentí gran cosa. Fue como a los diez días que noté la diferencia en el hombro. Hay que ser constante, no es cosa de un día.
Lo que más me pegó fue lo de enojarse por dentro con la persona que uno más quiere. Pensé que era la única mala hija del mundo. Gracias por escribirlo.
Lo pedí el viernes y llegó el lunes a la casa, aquí en León. Pagué al muchacho en la puerta, sin tarjetas ni nada. Voy en la primera semana, luego les cuento.
Yo también cerré mi negocio por cuidar a mi papá. Nadie habla de eso, de que se te acaba también la vida a ti. Leerte me hizo sentir menos sola, de verdad.
Manejo tráiler y traigo el hombro y el cuello de años. Me lo pongo antes de salir a carretera. No me hace joven pero llego a casa de otro modo.
¿Sirve para las manos? Mi mamá cose y en las mañanas no cierra los dedos.
Sí, Leticia, se pone donde moleste. Mi mamá volvió a su máquina de coser, así que por ahí ándele. Igual: constancia y sin dejar al doctor.
Lo que me convenció fue que se paga al recibir. Ya me habían visto la cara con una página que cobraba por adelantado y nunca llegó nada.
Mi mamá tiene 79 y lo usa desde mayo. No hace milagros, que quede claro, pero se para de la silla sin que la ayudemos y eso en mi casa ya es mucho.
Lo de la planta de cristal me hizo acordarme de mi abuela, tenía una en un frasco en el patio y nos untaba las hojas machacadas. Y yo pensando que eran cosas de antes.
Norma, ojalá te vaya bonito en la estética. Si algún día ando por Fresnillo te caigo a que me hagas el tinte. Un abrazo a doña Rosario.
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